Press release
- Dos tercios de los ejecutivos anticipan más reestructuración en la industria, mientras solo un 25% logra escalar iniciativas de inteligencia artificial con resultados concretos.
- Norteamérica sigue liderando como destino de inversión, aunque su atractivo cayó de 68% a 46% en un año.
- Utilities proyectan un cambio estructural: grandes consumidores y empresas tecnológicas pasarán a financiar la expansión energética.
- Surgen cuatro tendencias clave: (1) La incertidumbre regulatoria está reconfigurando las inversiones; (2) se espera un aumento en los procesos de reestructuración; (3) el retorno de la inversión en IA sigue siendo limitado; (4) las utilities priorizan las opciones más financiables para satisfacer la demanda energética impulsada por la IA.
La transición energética global está entrando en una fase menos idealizada y más exigente, donde las decisiones de inversión ya no responden a expectativas de largo plazo, sino a retornos concretos y riesgos inmediatos. Así lo plantea el informe Energy Agenda 2026: Returns, Restructuring, and Resilience de Bain & Company, basado en la visión de más de 800 ejecutivos del sector energético y de recursos naturales a nivel global.
El estudio identifica un cambio estructural en la dinámica de inversión: la transición ya no avanza de manera homogénea. Mientras las compañías que han apostado fuertemente por estos negocios mantienen su curso, un número creciente de inversionistas está reduciendo su exposición ante la falta de retornos claros. Esta tendencia se refleja en el aumento significativo de inversores en América Latina que destinan una baja proporción de capital a iniciativas de transición, pasando de 34% a 57% en un año, evidenciando un mercado más selectivo y menos tolerante a la incertidumbre.
Este endurecimiento en la asignación de capital está redefiniendo las prioridades del sector. En lugar de acelerar indiscriminadamente, la inversión se está concentrando en tecnologías y proyectos con fundamentos económicos sólidos, incluso si eso implica sostener o ampliar el rol de fuentes tradicionales como los hidrocarburos en el corto y mediano plazo.
A nivel geográfico, Norteamérica continúa liderando como destino de inversión en transición energética, pero su ventaja se ha reducido de forma significativa, cayendo de 68% a 46% en un año. El análisis de Bain muestra que los inversionistas están priorizando sus propios mercados, en un contexto marcado por la incertidumbre regulatoria, la volatilidad geopolítica y políticas energéticas divergentes. Este fenómeno evidencia una creciente regionalización del capital, donde las decisiones de inversión responden cada vez más a condiciones locales que a tendencias globales.
“Lo que estamos viendo en Latinoamérica es una paradoja relevante: la región cuenta con ventajas estructurales para la transición energética, pero está perdiendo atractivo relativo frente a mercados más estables desde el punto de vista regulatorio. En un escenario donde los inversionistas están privilegiando sus propias geografías, la competencia por capital se vuelve más exigente. Esto implica que países como Chile ya no compiten solo por recursos naturales, sino por su capacidad de ofrecer certezas, marcos regulatorios consistentes y modelos de financiamiento que permitan viabilizar proyectos en un entorno global más selectivo”, explica Diego García, socio y líder de la práctica Energía y Recursos Naturales de Bain para América del Sur.
“La inteligencia artificial se ha instalado con fuerza en la agenda del sector energético, pero todavía no ha demostrado su capacidad de generar valor a escala. Aunque cerca de dos tercios de las compañías están en fases piloto, solo un 25% ha logrado traducir esas iniciativas en resultados medibles, y menos de un 10% ha avanzado hacia transformaciones organizacionales. El desafío hoy no es adoptar IA, sino convertirla en una ventaja competitiva real”, agrega el ejecutivo de Bain.
Al mismo tiempo, el crecimiento acelerado de la demanda energética, impulsado en gran medida por centros de datos y aplicaciones de inteligencia artificial, estaría tensionando la capacidad del sistema eléctrico y obligando a redefinir sus modelos de expansión. Las utilities enfrentan el desafío de aumentar su capacidad en un contexto de presión sobre los precios y la asequibilidad, lo que ha llevado a priorizar soluciones rápidas y financieramente viables, como la extensión de activos existentes y el fortalecimiento de la infraestructura de transmisión y distribución, y el almacenamiento de energía, este último considerado por un 63% de los ejecutivos como una de las principales palancas para responder a este crecimiento.
Sin embargo, el cambio más profundo no es tecnológico, sino financiero. El informe revela que, en Latinoamérica, la coinversión con empresas tecnológicas en para financiar infraestructura energética ha aumentado de 33% a 48% en un año, mientras crece la expectativa de trasladar costos a grandes consumidores, incluyendo aumentos en tarifas para estos segmentos, que pasan de niveles prácticamente inexistentes a cerca de un 13%. Al mismo tiempo, crece la disposición a trasladar costos a grandes consumidores, reduciendo la dependencia de subsidios estatales.
Este giro redefine la relación entre oferta y demanda energética, estableciendo un precedente en el que el crecimiento de la demanda deja de ser solo un desafío operativo para convertirse también en una fuente directa de financiamiento.
En este contexto, la industria también se prepara para una nueva ola de reestructuración. Los ejecutivos anticipan un aumento en desinversiones, consolidaciones y ajustes de portafolio, impulsados por la presión sobre márgenes, el aumento de costos y un entorno regulatorio más complejo. Este proceso apunta a una reconfiguración del sector, donde las compañías buscarán concentrarse en negocios con mayor resiliencia y capacidad de generación de valor.
Las expectativas de largo plazo también reflejan un ajuste significativo. La mayoría de los ejecutivos proyecta que la demanda de petróleo continuará aumentando durante al menos la próxima década, mientras que los objetivos de neutralidad de carbono se desplazan hacia 2070 o más allá, consolidándose como la proyección más frecuente en los últimos estudios. Este escenario confirma que la transición energética será más gradual, heterogénea y dependiente de condiciones económicas de lo que se anticipaba.
Pese a que América Latina hoy está entre las regiones menos atractivas para inversión en transición, para países como Chile, estas tendencias plantean un escenario particularmente desafiante.
“La creciente competencia por atraer inversión en un contexto más selectivo, sumada a la presión sobre los costos energéticos y la necesidad de expandir infraestructura, obliga a repensar los modelos de desarrollo del sector. En este contexto, la capacidad de ofrecer estabilidad regulatoria, habilitar esquemas de colaboración público-privada y adaptarse a nuevas dinámicas de financiamiento será determinante para capturar oportunidades en la transición energética”, señala Marcial Rapela, socio y office head de Bain en Chile.